Lunes, 13 Octubre 2014 00:00

“La otra muerte de mi hijo la viví al mendigar justicia”

 
Valora este artículo
(8 votos)

Por más que Aída Noguera le suplicó a su hijo que resistiera, no pudo hacer nada: José Gregorio, quien la noche del 29 de marzo de 2010 recibió un balazo que le perforó el pulmón izquierdo, murió al ingresar al hospital.

De allí en adelante, todo fue pesadilla para pedir justicia: “Yo me sentaba horas y horas en el Cicpc a esperar que me atendieran. No le paran a uno, no hay voluntad”. Sin embargo voluntad es lo que ha tenido luego, pues ante la ausencia de respuestas se organizó con otras madres cuyos hijos fueron asesinados, y formó la Fundación por la Dignidad Sagrada de la Persona, con la que, cueste lo que cueste, denuncia la impunidad rampante en Ciudad Guayana.
________________________

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Ahora, esta tarde de octubre de 2014, es un libro lo que tiene en las manos. El valor de educar, de Savater, tiene en las manos. Y a veces, cuando ya no puede más, y llora, se las lleva a la cara. Porque le da pena cuando las palabras se le atragantan y una película de lágrimas le inunda los ojos. Y pide disculpas, como si viniese al caso. Y después, con una dosis vaga y nimia de serenidad, pone las manos sobre el libro. Hasta que, ay, la asalta el llanto otra vez. Y se tapa la cara con las manos.

Y recuerda Aída Noguera que esa noche, la del 29 de marzo de 2010, también tenía un libro en las manos. Técnicas de estudio, de quién sabe quién, tenía en las manos. Estaba en su cuarto, cuando eran las 9:00 de la noche mientras esperaba que José Gregorio Díaz, su hijo, se despidiera de su novia. Y en las manos también tenía el libro cuando escuchó aquello. Bang-bang-bang. O bum-bum-bum. O como sea.

a8secuelas2
Durante un viaje a Mochima, poco antes de su muerte

Y luego no fue el libro lo que tuvo en las manos. Fue la manilla de la puerta. Y no pudo abrirla porque le fallaban las condenadas manos. Las mismas que hacía segundos sostenían el libro con firmeza, ahora no le servían para algo tan simple.

Y después, cuando vio a José Gregorio sangrando en el suelo, se le abalanzó encima. Y lo tocó con las manos. Con delicadeza, no fuese a ser que lo lastimara más.

Y en el carro donde lo llevaron al Hospital Uyapar lo tenía acostado sobre sus piernas. Y con las manos lo acariciaba. Y le suplicaba que le dijera, hijo, que qué pasó, que quién te hizo esto. Y él le decía que no sé, mamá, no sé qué pasó, no sé por qué. Y ella: resiste, que ya vamos a ir al hospital. Y José Gregorio, con levedad, la interrumpía: mamá, perdóname por no haber entrado a la casa cuando tú me dijiste. O sea, él me pedía perdón porque siente que… no sé qué pensaba.

Y hoy, otra vez, en este café de Puerto Ordaz, a Aída se le quiebra la voz. Y se lleva las manos a la cara. Otra vez. Pero se sobrepone para continuar. Porque, ¿qué más le queda? Pues continuar. Nada más. Es lo que ha hecho: continuar el resto de su vida, de esa vida que se le fragmentó ese Lunes Santo cuando una bala le perforó el pulmón izquierdo a su primer hijo. Y lo mató.

Aquellos primeros pasos
No le dice José Gregorio. Le dice “mi niño grande”. Y tanto como hijo, lo considera un ángel. No desde ahora porque no está, sino, uf, desde antes de nacer. Porque concebir a José Gregorio le costó dos años de visitas a un médico y tratamientos. Y el ángel llegó a su vida el 8 de enero de 1985.

Sin misticismos, procura explicarse: “Cuando él tenía siete años y mi hijo menor era un bebé, salí a hacer una diligencia. Era breve, pero resulta que hubo un paro de transporte y pude regresar fue a las tres horas. Y había dejado a un bebé con un niño de siete. Cuando iba llegando a mi casa sospechaba un incendio, y cuando llego encuentro a José Gregorio que había colgado una hamaquita donde el bebé hacía la siesta. El bebé estaba durmiendo como entalcadito, dormidito y arropadito. Al lado, orgulloso, estaba José Gregorio. En ese momento, para mí, fue un ángel”.

Como disciplinado en la escuela lo recuerda. Tanto como su temperamento: tímido hasta la médula.

“En la escuela siempre fue muy aplicado. Se me puso un poquito flojo en el liceo y rebelde en los años superiores. Incluso me dijo que quería dejar de estudiar y meterse en cursos. Le dije que mientras dependiera de su madre, iba a estudiar”. Y estudió. Porque, a través de una beca, José Gregorio comenzó la carrera de Educación en la sede guayanesa de la Universidad Católica Andrés Bello. Era 2005. Y tanto estudió que su mamá lo imitó y, también, se inscribió en el campus jesuita y en la misma carrera.

“Somos practicantes católicos. Él me veía trabajar con jóvenes, y él entró a trabajar escolarizando a niños. También trabajaba con un tío en Vhicoa. Yo trabajaba en al área educativa por mis estudios de música y él se graduaba en 2010, en junio. Es decir, terminaba la carrera”, recuerda Aída. Pero José Gregorio no pudo terminar nada.

Recapitulando
Todavía no sabe por qué lo mataron. Rebobina la película, trata de entenderlo, de roer el hueso, de algo. Lo que sea, pero algo. Y nunca tiene nada de lo que pudo pasar ese 29 de marzo.

“A las nueve le dije que era hora de que la muchacha se fuera a su casa para yo cerrar. Estoy allí leyendo el libro. Alfredo se había acostado y estoy consciente de que José Gregorio está en el porche con la novia. Sentimos dos, tres, varias detonaciones. Yo escuché algo de voces, la novia que le decía: vente José Gregorio, vente José Gregorio. No podíamos abrir la puerta por los nervios, y cuando salimos vemos a la muchacha llorando, y José Gregorio ya estaba en el suelo, tendido”, reconstruye. Después, el traslado. Y la súplica de perdón. Y la noticia de que no hubo nada que hacer.

“Todo eso ha sido crudo y triste. Enfrenté la muerte de José Gregorio… es algo totalmente anormal. Uno, como ser humano, ve morir a sus padres, no que los padres tengan que ver morir a su hijos. ¿Tú tienes tu madre viva, verdad? ¿Y tu padre? Gracias a Dios. Y tú esperas que tú tengas que enterrarlos a ellos. Tú dices, bueno, es el ciclo de vida, ¿pero tener que enterrar a un hijo? Eso no tiene nombre, sobre todo cuando sabes que tu hijo no tiene una enfermedad, y está lleno de vida, de planes de futuro. Lo que más te jode es saber las razones por las que no está”, dice. O expresa. O manifiesta. O sobrevive. Qué más da.

La respuesta: ella misma
Todavía con la indigestión anímica por ver morir a su hijo, Aída acudió a la justicia. O eso pretendió, pues hasta ahora, José Gregorio Díaz Alcalá es un archivo engavetado.

“Yo puse la esperanza en la justicia, pero el crimen no se pena, no se investiga. La otra muerte que yo viví de mi hijo fue la de mendigar justicia, ir a esas instituciones que no me paraban pelotas, de ser una de tantas madres que les matan sus hijos. Yo me sentaba ahí horas y horas para esperar a que me atendieran. No le paran a uno, no hay una voluntad de decir: pase, señora, siéntese aquí, qué fue lo que pasó. Es una indolencia total. No te dicen cómo van las cosas. Yo me fastidiaba porque ellos me preguntaban: ¿de qué se ha enterado usted? Entonces yo: bueno, ¿es que soy yo el detective o son ustedes los detectives?”, cuenta.

Como mendigar justicia no fue su opción, desistió de suplicarle al Estado y fundó, junto con otras madres cuyos hijos han sido asesinados, una institución: la Fundación por la Dignidad Sagrada de la Persona.

“Contacté con gente a la que le habían matado familiares y todos los casos coincidían con que no había investigación y nadie pagaba: los índices de impunidad son los cómplices de la criminalidad. Para eso tenemos las puertas abiertas porque va más allá: es formar parte de la denuncia comunitaria, constante, como la piedrita en el zapato del gobierno de turno, sea quien sea. Me da igual, me da igual, me da igual que sea el gobierno que sea: yo lo voy a estar denunciando mientras no garantice seguridad”.

Para los que quieran sumarse pone a disposición dos números telefónicos: 0414-8863915 y 0414- 9615927. De esa forma, ella tiende sus manos a los que las necesitan. Las mismas manos que sostuvieron a su hijo antes de morir. Las que temblaron esa maldita noche. Las que ahora, otra vez, están sobre el libro de Savater.
________________________________________________________________________________________
Las cifras de la violencia en Guayana


 592 homicidios se cometieron en Ciudad Guayana en 2013.

 427 asesinatos se han registrado en Ciudad Guayana en 2014.

 14 personas ultimadas en lo que va de octubre de 2014.

 51 fueron los asesinatos en octubre de 2013.

 10 muertes violentas se cometieron entre el 5 de octubre y el 12 de octubre.

Visto 5564 veces Modificado por última vez en Lunes, 13 Octubre 2014 16:28

Después de paralizarse por 48 horas, los maestros lograron que el gobernador se sentara con ellos este jueves en la mañana, y disc...

Sutrapuval entregó una solicitud de aumento del bono de alimentación por falta de comedores a Bs. 500 mil diarios, pero no ha reci...

Los trabajadores aprovecharon la ocasión para solicitarle al presidente de Sidor la reactivación del centro de equinoterapia, impo...

En todas las industrias, el ajuste del salario 16,5% por encima del ingreso mínimo nacional no genera diferencias notables en el p...